Rumor

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Rumorología y
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Leyendas urbanas

Rumor. Del latín 'rumor', del indoeuropeo reu-mos- ruido; de 'reu-' bramar.[1]

Antecedentes

El mecanismo acostumbra a ser siempre el mismo. El rumor o la expectativa de que la empresa A puede ser adquirida por la empre­sa B, o de que la compañía Z tendrá unos beneficios menores de lo esperado, o de que la gasolina aumentarpá de costo... Cualquiera de estas informaciones no confirmadas puede en­riquecer o arruinar a miles de inversores en todo el planeta. Millones de dólares se pierden o ganan en la Bolsa de Valores por un simple rumor.

Los rumores en sí mismos no son una novedad. En la antigua Roma había, incluso, profesionales del rumor, los subrostani, que se ganaban la vida traficando con informa­ciones subterráneas o fabricando noticias sensacionalistas infundadas. Ya en el año 51 a.C., por ejemplo, se dijo que Cicerón había muerto, cuando lo cierto es que se encontraba de viaje en Sicilia. Ocho años más tarde, cuando el orador fue realmente asesinado, su cabeza tuvo que ser mostra­da en el Foro Romano para disipar las du­das. Noticias falsas eran en la edad media desencadenantes de los pogromos contra los judíos, o movieron siglos después a los conquistadores a buscar El Dorado, o a los mismísimos nazis a buscar el Santo Grial en la montaña de Montserrat, en Catalu­nya, por apuntar unos pocos ejemplos.[2]

Actualmente, se considera que el rumor es un mensaje breve, espontáneo y de tipo oral que se extiende con rapidez y causa un impacto casi siempre negativo en el entorno. Tiene la pretensión de ser real y se sirve de cualquier medio de comunicación formal o informal. Adopta la forma de falsa información, prejuicio, propaganda o de noticia falsa sobre personas, grupos o eventos, que se difunden de una persona a otra sin que se demuestre su veracidad, que tienen credibilidad no porque haya pruebas directas de que las sostengan sino porque hay mucha gente que se las cree. También encaja con ciertas formas de la teoría del complot, o de leyenda urbana. En ocasiones se entiende como una técnica de comunicación estratégica con el fin de influir en el público, pero buscando la confusión o la distracción.

La función principal del rumor es provocar desinformación y desorientación. Su generación y difusión es una constatación de crisis social. Es una propaganda que despierta al fantasma de la conspiración. Los rumores vienen motivados por prejuicios sociales y mentales, por descargas emocionales, por el miedo, la ansiedad, los estímulos ocultos y por el entorno.

El rumor como forma de «persecución social» selecciona de forma sesgada una situación y la manipula. Utiliza la dramatización para amplificar su repercusión. Utiliza la generalización de un hecho aislado y le atribuye una intencionalidad perversa.

No hay un perfil determinado que permita detectar la fuente de un rumor, no obstante, se trata de personas con baja inteligencia emocional, que suelen quejarse de todo, con prejuicios sociales, que hablan mucho y confusamente y ambiguamente, que necesitan un cierto grado de protagonismo, que pueden tener incluso un cierto grado de ingenuidad, son personas que desconfían del sistema, etc.

La auténtica fuerza de los rumores está en nuestros conocimientos y creencias previas sobre el asunto que este trata, no en su veracidad.

Creencia en rumores

A la hora de creer en un rumor, interviene el conocimiento indirecto que podamos tener sobre el hecho que nos describe, pero también, y sobre todo, nuestros prejuicios y convicciones previas, nuestros sentimientos y emociones. Creeremos más en un rumor en la medida en que éste se adecúe a nuestras convicciones previas y que sea compatible con nuestras propias expectativas. Casi nunca procesamos información de manera neutral, es muy difícil que alguien deje de creer un rumor si tiene un compromiso emocional o una creencia previa con respecto a una idea que el rumor, precisamente, confirma. En este caso no se necesitará recurrir a ninguna verificación, simplemente se tenderá a aceptar afirmaciones que nos reafirman y generan buenas sensaciones, y a rechazar informaciones que ponen en cuestión nuestras convicciones previas. Esta forma de funcionar de nuestro cerebro es conocida como “disonancia cognitiva”.

Además, muchas de nuestras creencias previas vienen dadas por las esperanzas y deseos y están fuertemente motivadas por aspectos emocionales. Por este motivo los rumores tienen más posibilidades de propagarse si apelan a emociones fuertes tales como el miedo, la indignación o el enfado.

Fases del rumor y sus fases

Las fases del rumor constituyen una herramienta de análisis que permite rastrearlo y, al mismo tiempo, elaborar hipótesis. Las fases no tienen una duración determinada mientras que su reactivación depende a menudo de encontrar las condiciones adecuadas para su divulgación. Las seis fases, que se han condensado en tres actualmente son: proyección y generalización, nivelación y acentuación y asimilación y condensación.

Para explicar el sistema de propagación del rumor se constata que una noticia positiva, como que «nos haya gustado una película determinada», como expectador la comentaremos con tres personas, mientras que si la experiencia es negativa la comentaremos con diez. A la sexta transmisión la mala experiencia habrá llegado a mil personas. Por este motivo el manual considera que dominar el sistema de propagación es una ventaja competitiva. Naturalmente, cuando se actúa en grupo el efecto es mucho más importante. Por otra parte, el mensaje que se transmite tiene tendencia a recortarse y distorsionarse. Empresas de marketing utilizan el rumor y utilizan el networking como sistema de difusión.

El rumor funciona más o menos así: de la información original se sustraen detalles esenciales para una comprensión objetiva del asunto de modo que el relato sea más agudo, interesante o incisivo. Y a medida que el rumor se extiende (boca a boca, mail a mail, twit a twit) se va modificando para que tenga más sentido e interés para la nueva audiencia.

El propagador

El propagador resulta fundamental, pero en cada etapa hay un nuevo propagador, cada vez más original y adaptado a su nuevo entorno. Existen varios tipos de propagadores:

  • Propagadores con un interés propio: Buscan favorecer sus intereses particulares, sean estos económicos, de poder o de otro tipo.
  • Propagadores con un interés colectivo: Quieren atraer lectores o captar la atención del mayor segmento posible de la audiencia.
  • Propagadores altruistas: Pretenden el bien común tal y como ellos lo entienden.
  • Propagadores malintencionados: Su objetivo es causar daño.

Cualquier propagador, indistintamente de su intención, puede creer en el rumor o no, pero normalmente casi nunca es la veracidad del mismo lo que le impulsa, sino su utilidad para confirmar intereses o creencias previas. [3]

Consecuencias directas del rumor

La principal consecuencia del rumor es la contaminación de la convivencia social. Los rumores afectan a la reputación de cualquiera, tanto positiva como negativamente, aunque se haya constatado que son falsos. Los rumores tienen un fuerte potencial de manipulación. Son herramientas funcionales para construir y manipular las reputaciones.[4] Pueden originar comportamientos negativos hacia otras personas. El rumor tiene un alto valor manipulador, porque la gente tiende a ajustar su visión del mundo a la de los otros.

El rumor puede convertirse en un mecanismo de control e incluso de represión. Puede causar miedo y desconfianza hacia la diversidad, motivados por una percepción distorsionada de la realidad. Los rumores responden a una situación de aislamiento social, de falta de comunicación, de sufrimiento personal, y de envidia generalizada. El rumor se alimenta del caos y este de la falta de reacción de los seguidores del rumor que lo perpetúan. Por lo tanto es fundamental desactivarlo y, en la medida de lo posible, restaurar el equilibrio y la percepción positiva tanto de la diversidad como de la cohesión social.[5]

Cascadas de información

A menudo los rumores se difunden por cascadas de información. La dinámica básica que hay detrás de estas cascadas es simple: en el momento en el que cierta cantidad de gente parece creer un rumor, otros también lo harán, a no ser que se tengan buenas razones para creer que este rumor es falso. Dado que la mayoría de los rumores están relacionados con asuntos sobre los que la gente no tiene un conocimiento directo o personal, se suele dejar en manos de la multitud. Así, si la mayoría de la gente que conocemos cree un rumor, nosotros también nos inclinaremos a creérnoslo. A falta de información propia, aceptamos las opiniones de los demás.

Muy a menudo la difusión empieza por la gente que tiene poca o ninguna información sobre el tema y a medida que aumenta el número de creyentes, termina en boca de otros que sí tienen más información pero que la acaban aceptando porque “tanta gente no puede estar equivocada".

Combate al rumor

Una buena forma de combatir los rumores podría ser ofrecer a la gente información objetiva y reemplazar las falsedades por la verdad. No obstante, la experiencia demuestra que no es tan fácil. La principal razón es la existencia de prejuicios y estereotipos previos que nos hacen más resistentes a esta información. No procesamos la información de manera neutral. Nuestra percepción sesgada y selectiva hará que aceptemos la información que apoya nuestras creencias anteriores y descartemos o pasemos por alto aquellos hechos e informaciones que las ponen en duda.

Referencias y ligas externas

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  1. Gómez, Guido De Silva, Guido. Breve Diccionario Etimológico De La Lengua Española. 2nd ed. México: Fondo De Cultura Económica, 1998. Print. ISBN: 968-16-5543-5
  2. Ortí, AntonioGuerra a los rumores tóxicos. Magazine. 12-Ene-2014. P 36.
  3. Pinedo, Arturo; Joan Navarro y Cristina Goicochea. Rumores, reputación y situaciones de crisis. Madrid. 2012
  4. Sommerfeld, Ralf D., Hans-Jürgen Krambeck and Manfred Milinski. Multiple Gossip Statements and Their Effect on Reputation and Trustworthiness. Biological Sciences, Vol. 275, No. 1650 (Nov. 7, 2008), pp. 2529-2536.
  5. Gallego Reinoso, Fabio. Cómo abordar los rumores. Manual para comprenderlos y diseñar estrategias para contenerlos. Diputación de Barcelona: Barcelona 2010. 109 páginas.